La filosofía de la cocina


Saben que amo la filosofía y la cocina con igual intensidad. Como amo las palabras y la música. El cielo y los libros.
Encontré en este texto de Laura Esquivel la conjunción perfecta entre palabra y sentido, entre filosofía y cocina… entre hechos y reflexiones. Una verdadera declaración de principios, una vuelta a la magia del fuego y a sus rituales.
Les comparto “en torno al fuego” para que lo saboreen junto a mi, despacito, palabra a palabra… dejando que sus sabores se mezclen con los suyos y logren transmutarlos en algo completamente nuevo y maravilloso!

“Los primeros años de mi vida los pasé junto al fuego de la cocina de mi madre y de mi abuela, viendo cómo estas sabias mujeres, al entrar en el recinto sagrado de la cocina, se convertían en sacerdotisas, en grandes alquimistas que jugaban con el agua, el aire, el fuego, la tierra, los cuatro elementos que conforman la razón de ser del universo. Lo más sorprendente es que lo hacían de la manera más humilde como si no estuvieran haciendo nada, como si no estuvieran transformando e1 mundo a través del poder purificador del fuego, como si no supieran que los alimentos que ellas preparaban y que nosotros comíamos permanecían dentro de nuestros cuerpos por muchas horas, alterando químicamente nuestro organismo, nutriéndonos el alma, el espíritu, dándonos identidad, lengua, patria.

Fue ahí, frente al fuego, donde recibí de mi madre las primeras lecciones de lo que era la vida. Fue ahí donde Saturnina, una sirvienta recién llegada del campo, a quien cariñosamente llamábamos Sato, me impidió un día pisar un grano de maíz tirado en el piso porque en él estaba contenido el Dios del Maíz y no se le podía faltar al respeto de esa manera. Fue ahí, en el lugar más común para recibir visitas, donde yo me enteré de lo que pasaba en el mundo. Fue ahí donde mi madre sostenía largas pláticas con mi abuela, con mis tías y de vez en cuando con algún pariente ya muerto. Fue ahí, pues, donde atrapada por el poder hipnótico de la llama, escuché todo tipo de historias pero sobre todo historias de mujeres.

Más tarde, tuve que salir, me alejé por completo de la cocina. Tenia que estudiar, prepararme para mi actuación futura en la sociedad. La escuela estaba llena de conocimientos y sorpresas. Para empezar, me enteré que dos más dos son cuatro, que ni los muertos ni las piedras ni las plantas hablan, que no existen los fantasmas, que el Díos del Maíz y todos los demás dioses pertenecen al pensamiento mágico primitivo del ser humano que no tiene cabida en el mundo racional, científico, moderno. ¡Uf, cuántas cosas aprendí! En esa época, me sentía tan superior a las pobres mujeres que pasaban su vida encerradas en la cocina. Sentía mucha lástima de que nadie se hubiera encargado de hacerles saber, entre otras cosas, que el Dios del Maíz no existía. Creía que en los libros y en las universidades estaba contenida la verdad del universo. Con mi título en una mano y el germen de la revolución en la otra el mundo se abría para mí. El mundo público, por supuesto, un mundo completamente alejado del hogar. Muchas de nosotras participamos durante los años sesenta en la consolidación de la lucha que otras mujeres ya habían iniciado a principios de siglo. Sentíamos que los urgentes. cambios sociales que se necesitaban en ese momento se iban a dar fuera de la casa. Todas teníamos que incorporarnos, salir, luchar. No había tiempo que perder, mucho menos en la cocina. Lugar, por demás devaluado, junto con las actividades hogareñas que se veían como actos cotidianos sin mayor trascendencia que únicamente obstaculizaban la búsqueda del conocimiento, el reconocimiento público, la realización personal. Las mujeres, pues, no pensamos dos veces el abandonar nuestro mundo “íntimo y privado” para participar activamente en el mundo público, con la sana intención de lograr importantes cambios sociales que culminarían con la aparición del “Nuevo Hombre”. Y junto con los hombres tomamos las calles y a veces repartíamos flores y a veces consignas. Y por todos lados se escuchaban nuestros cantos de protesta, y nos pusimos pantalones y arrojamos los sostenes por la ventana.

Mientras todo esto pasaba y aparecía el nuevo hombre, una explosión de amor me hizo casarme con un hombre extraordinario y tener una hija maravillosa… a los cuales tenía que alimentar. No por obligación, por amor. Sin embargo, el retorno a la cocina no me fue tan fácil. Yo quería que mi hija conociera su pasado, comiendo lo mismo que yo había comido en mi niñez. Lo malo fue que ya no me acordaba de las recetas de la familia. Al principio, llamaba a mi madre por teléfono, pero un día, apenada por mi falta de memoria, intenté recordar una receta por mí misma y fue así que descubrí que, efectivamente, como lo había sabido en mi niñez, era posible escuchar voces en la cocina.

Oí con toda claridad a mi madre dictándome la receta paso a paso. Después, ya con un poco más de práctica, pude escuchar la voz de mi abuela muerta que me decía cómo preparar tal o cual platillo. Y encontré que mientras preparaba la comida era realmente placentero contarle a mi hija las mismas historias que yo había escuchado frente al fuego. Y que era más seguro curarla con los tés de mi mamá que con medicinas. Poco a poco mi integración a la cocina y a mi pasado se fue consolidando de tal manera que llegó el día en que me descubrí impidiéndole a Sandra pisar un grano de maíz porque en él estaba contenido del Dios del Maíz.

Y me oí diciéndole que una salsa que se respete se tiene que hacer en molcajete, no en licuadora porque pierde su sabor. No importa el tiempo que uno se tarde, pues en la cocina no hay tiempo pedido, más bien se recupera el tiempo perdido. Y de pronto me aterroricé de ver que mi hija no me estaba prestando atención. Tenía la mirada fija en las caricaturas. Estaba sustituyendo el poder hipnótico del fuego por el de la televisión, y la memoria de la tribu por la de los comerciales. ¡El espanto me quitó el habla! Y miles de preguntas me quitaron el sueño. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba el error? ¿Qué sociedad habíamos formado? ¿Qué habíamos logrado las mujeres con nuestra salida del hogar? La obtención de derechos que nos correspondían, un reconocimiento a nuestra actividad intelectual y un lugar dentro del mundo público. ¡Sí! Pero con enorme tristeza tuve que aceptar que ninguna de las revoluciones en las que participamos logró crear un sistema propicio para la aparición del “Nuevo Hombre”. Pues éste no puede surgir de una sociedad en desequilibrio, de una sociedad encaminada únicamente a la producción y al consumismo, de una sociedad que no satisface por igual las necesidades materiales como las espirituales del ser humano. Urge nuevamente un cambio. Es necesario ajustar nuestra escala de valores y modificar las sociedades donde los intereses económicos llevados al extremo producen, irracionalmente, no sólo objetos sino armamento para la guerra. Sociedades a las cuales no les importa la destrucción del planeta y del ser humano mientras estén obteniendo utilidades, y esto no puede continuar así.

Es inminente la llegada de una nueva revolución y pienso que ahora no se va a dar de afuera hacia adentro, sino a la inversa. Esta consistirá en la recuperación de nuestros ritos, de nuestras ceremonias, en el establecimiento de una nueva relación con la tierra, con el universo, con lo sagrado. Todo esto sólo es posible en los espacios íntimos. Es ahí, alrededor del fuego, donde surgirá el “Nuevo Hombre”, como resultado de una labor de pareja. Será un ser que dará tanto valor a la producción como a la reproducción, a la razón como a la emoción, a lo íntimo como a lo público, a lo material como a lo espiritual. Será un ser equilibrado que propiciara el surgimiento de sociedades en equilibrio. Un ser que comprenderá claramente que la realización personal no debe estar ligada únicamente a un reconocimiento público y a una retribución económica. Un ser que cuestionará su participación activa dentro de la sociedad, preguntándose si debe trabajar en una fábrica que está contaminado enormemente el ambiente aunque le estén pagando muy bien por realizar ese trabajo. Un ser que como respuesta buscará otras maneras de producción y obtener ganancias económicas. Un ser que valorará los pequeños actos realizados en la intimidad en su verdadera dimensión y trascendencia, porque entenderá que son actos que están modificando la sociedad de igual manera que los que se realizan públicamente, actos que elevan nuestra condición humana y nos permiten entrar en comunión con nuestro pasado para saber de dónde venimos y hacia dónde debemos ir.

De pronto, quise recorrer nuevamente el camino andado para hacer un recuento de los grandes logros obtenidos, pero también para rescatar las cosas esenciales que las mujeres habíamos perdido en el camino. Compartir con todo el mundo mis dudas y mi experiencia culinaria, amorosa, cósmica… y escribí Como agua para chocolate, que no es sino el reflejo de todo lo que soy como mujer, como esposa, como madre, como hija. En este renglón y hablando de seres en equilibrio, es necesario mencionar a un ser muy importante en mi vida al que también le debo lo que soy: a mi padre. De él aprendí la risa, la ternura, el placer por el juego y la creación, la independencia, la generosidad. El amor y respeto que siento por él me han permitido establecer una buena relación con el mundo masculino y es gracias a su maravillosa imagen que en mi obra hay un equilibrio entre lo masculino y lo femenino. Aquí me van a perdonar el atrevimiento, pero pienso que ¡realmente las mujeres somos muy afortunadas de que en el mundo existan los hombres! Los dioses son muy sabios y si los crearon fue por algo: Por la misma razón que crearon el Sol y la Luna. La luz y la oscuridad. El águila y la serpiente. Para ser el complemento ideal y gracias al cual se nos permite alcanzar la gloria.

En mi vida, esta unión amorosa, pasional, intensa entre lo masculino y lo femenino dio como fruto un libro y una película que encierran mi pasado familiar, mi conciencia nacional, mis obsesiones, mis temores, mis esperanzas y más que nada la creencia en el amor de pareja.

Amor que ahora es público y anda circulando en cines y librerías de todo el mundo y que me ha hecho merecedora de reconocimientos públicos. Reconocimientos que siento el deber de compartir con mi madre, con mi hija, con mi abuela, con mis hermanas, con Sato, con Tita y con toas las mujeres antes y después que ellas que día a día y año tras año nos han puesto en contacto con nuestro verdadero origen. Quiero compartirlos también con todas aquellas mujeres que no han olvidado que las piedras hablan, que la tierra es un ser vivo y que convierten cada acto cotidiano en una ceremonia de unión con el universo durante los doce intensos y masculinos meses solares, durante las trece mágicas y femeninas lunas cada año de sus vidas sin que nadie les haya dado nunca un reconocimiento.”


Acerca de Cin

Sra d 40, aunque parezca d 30. Mi secreto: cocinar, reír fuerte, conectar y soñar despierta. Asesoro a emprendedores sobre redes sociales y blogging. Acá juego :-)

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