Entre aromas y recuerdos 1


Desayuno casero, como los de antesEn uno de los libros de mi infancia, recordé que había un cuento de Poldy Bird (hace poco La Nación le hizo una entrevista) que me había emocionado cuando era chica, y me emociona más ahora de grande. Lo disfruto porque está rodeado de los aromas de la cocina, aromas que amo profundamente… aromas que me recuerdan a mi abuela, a mi mamá y -espero- le recuerden a mi hija lo maravilloso que es nutrir a quienes uno ama.

La casa donde me decían Poldita

En octubre ya mareaba el olor de las rosas. Blancas, color té, rojísimas. Con tus manos serenas y sabias y la tijera negra, las cortabas, de largos tallos, y armabas con ellas magníficos ramos en los jarrones del comedor.

Abuela, Mamá Sara, vos no conocías, como yo, los rincones secretos del jardín, pero te dabas cuenta si arrancábamos espuelas de caballero, caléndulas, jazmines del cabo… y hasta veías el brevísimo claro que dejaba la falta de un ramito de jazmines del país…

Todas las tardes, con paso majestuoso, jabot almidonado de puntillas, rodete en alto y tintineantes pulseras, dabas una vuelta por los caminitos de greda, alta reina de mi infancia, condescendiendo a mirar a las nomeolvides.

Abuela de envidiado costurero lleno de botoncitos de colores. Abuela de inigualables scons tapados con un repasador almidonado, sobre la mesada de la cocina, en un ingenuo intento de despertar mi hambre.

Abuela que sabía el lenguaje de los abanicos: hacia abajo: “no puedo verte”, hacia arriba “me interesas”; cerrado y reposando en la falda: “no me importas”; abierto y ocultando parte del rostro, los ojos descubiertos: “te quiero”…

Abuela que sabía el lenguaje de las flores: amarillas, desprecio; azules, nunca me olvides; blancas, amor con futuro; rojas, pasión desesperada…

Cómo me gustaba oírte hablar de esas magias cotidianas, Mamá Sara. Y dejarle la cabeza a tus manos que me desenredaban sin apremio, y dejarle mi corazón a tu cuidado, que le enseñaba a creer en la gente, a disculpar los errores, a abrir de par en par mi cariño como una ventana.

Viéndote sonreír, aprendí a sonreír.

Viéndote querer, aprendí a querer.

Viendo cómo te querían, aprendí que es verdad que se recoge lo que se siembre.

Abuela que sabía el lenguaje de los sabores: si no hubieras cocinado para mí, yo nunca hubiera podido sentir esa cosa que se siente cuando uno come algo que hicieron especialmente para quererlo, para hacerle una caricia con forma de buñuelo, para darle calor pisado en el puré…

Todo lo que yo sé lo aprendí de vos.

Heredé de mi madre la poesía, la rueca para hilar las palabras… pero de vos heredé esta mujer que soy ahora.

La parte buena de esta mujer que soy ahora.

Mujer, y me parece raro decir mujer cuando hablo de mí, porque me veo siempre con tus ojos… esos ojos, Mamá Sara, que me veían “poldita”, sucia de barro las rodillas, escapándome por entre los dibujos del portón de hierro con las iniciales del abuelo que no conocí pero te dejó la costumbre del té a las five o´clock, el chicken pie y los scons.

Cuando cruzo la calle, tu vos me cuida: “Mirá para los dos lados”. Cuando salgo: “Ponete perfume. Andá a pasarte el peine. Quedaban más lindas las chicas con bucles que con ese pelo así, llovido”.

Tu amor hizo sagradas las fiestas religiosas: Navidad, Año Nuevo, Reyes… son como un homenaje a tu recuerdo…

A lo mejor yo no te dije nunca estas cosas, pero vos las debés haber adivinado: mirándote hacerlo aprendí a coser botones, a hacer dobladillos, a zurcir, a freír huevos, a cocinar una salsa, a doblar las servillas, a armar un ramo, a hacer un moño, a saludas, a sentir que la familia debe ser un nudo apretado.

¿Te dije alguna vez cuánto te quería?

¿Te dije alguna vez cuánto te necesitaba?

Y ahora también, Mamá, que me dan ganas de correr a comprarte una tetera de regalo, un jabot de regalo, una canasta de flores de regalo para tu cumpleaños, porque cuando llega el 25 de octubre la primavera no es más primavera, todo es tu cumpleaños, y vos seguís siendo la reina de la casa donde me decían poldita, la casa que es mentira que tiraron abajo y no tiene rosales, es mentira, Mamá, porque la tengo toda construida dentro de mi corazón. Toda guardada intacta para vos, para las dos, para transitar otra vez por sus cuartos y su jardín cuando volvamos a encontrarnos.”

Del libro: “Caramelos surtidos” Ediciones Orión, 1986.
Autoría de la fotografía: Penwren


Acerca de Cin

Sra d 40, aunque parezca d 30. Mi secreto: cocinar, reír fuerte, conectar y soñar despierta. Asesoro a emprendedores sobre redes sociales y blogging. Acá juego :-)


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