
El amor es el motor más potente de la humanidad. Nos hace hacer cosas que creíamos imposibles, nos motiva; incentiva nuestra creatividad, nuestro sentido de lo estético; saca lustre al ingenio y potencia la habilidad de nuestras manos.
El amor es el motor más potente y con él el mundo es más fantástico y dan ganas de ser vivido. El amor nos acerca, nos agrupa, nos da identidad.
Hay distintos tipos de amor, pero todos ellos nos dan alas y nos permiten crecer en compañía.
El primer cumpleaños de mi hija estuvo rodeado de amor. El amor de sus padres que pensaron en todos los detalles y se pasaron varias madrugadas horneando galletas y coloreando, navegando por internet buscando ideas, decidiendo el tema sobre el que giraría la fiesta…
El amor de sus abuelos, que le dan tanta alegría y a los cuales ella adora. El amor de sus tíos y tías (los de sangre y los de corazón) y sus primos y primas. El amor de los amigos y amigas de mamá y papá.
Aimé significa “amada” y -creo- que fue el mejor nombre que le pudimos haber puesto a nuestra hija, no sólo porque es una niña privilegiada, querida y adorada; sino porque ella misma es toda amor. Una mirada de Aimé te hace tocar el cielo, una sonrisa, te alegra el corazón.
En este primer año de madre, con sus altos y sus bajos, pude experimentar cómo el corazón se ensancha y la vida se te ilumina con un hijo; cómo tu universo se revoluciona y tu vida se llena de color.
Gracia Aimé por permitirme crecer, por confiar en mí como madre, por tu amor puro, tu sonrisas y abrazos, por tus besos y caricias. Te amo hija!
Sos lo más hermoso que me pasó en la vida.